Confieso que me siento afortunada de vivir en esta época. Que tuve padres que me amaron y que me hicieron crecer en la felicidad, en el optimismo, en el aprecio por la libertad y por la solidaridad; que me dieron alas para volar.

Soy una loca insomne e insurrecta que se pregunta sobre el SENTIDO de su vida y sobre el sentido de lo que hace.

Me confieso inquieta. Agitada. Irremediable. Insuprimible. Denunciante de las anestesias mentirosas.

Se que la realidad es mas que eso que nos muestran. Percibo que estoy viva y que soy mucho más que lo que me dicen que soy: Más que una estudiante. Más que una consumidora. Más que un trabajo. Más que una profesión.

Soy parte de una generación que le canta a la no-colaboración. Una generación que ha hecho del desengaño nuestra carcajada. Pero no quiero padecer la realidad: quiero cambiarla. Quiero aprender a describirla e interpretarla en lugar de “recitarla”.

Me identifico con los que se ríen de los que creen en la autoridad de quien juzga; en la solemnidad de quien declama; en la inteligencia de quien decide; en la imparcialidad de quien explica; en la buena fe de quien habla de leyes económicas; en la objetividad de un sistema social y cultural perfectible pero no discutible.

Vivo en un mundo-mercado donde las personas y los pueblos son tratados como objetos, contenedores vacíos, consumidores y productores, donde el derecho a vivir decentemente y a interrogarse sobre el sentido de la misma existencia es invocado en teoría pero traicionado en la práctica.

Entonces, ¿qué podemos perder? ¿Nuestras cadenas? ¡Nada más que nuestras cadenas!

¡Seamos desertores de la infelicidad!

Desquiciemos nuestros pudores, desnudemos la imaginación, porque no se puede construir aquello que no se puede soñar.

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